2008-10-21 -
Por Ángel César Ludueña (*)
Es martes, primer día de trabajo de la semana después del habitual descanso. Todavía se vive la euforia de otro triunfo en el clásico platense que predispone mejor para todo, hasta para ir a trabajar.
La redacción de diario Puntal parece la misma de siempre, sólo parece… El silencio –casi sepulcral- es el mismo de todas las mañanas, que invita a evocar –nostálgicamente- aquellos tiempos de intensa vida, bullicio, adrenalina. Sin embargo, en el aire se respira algo distinto… pero, ¿qué?
Basta llegar hasta el escritorio para “descubrir” que algo cambió. El instintivo y mecánico movimiento de siempre –rutinario, para ser más claro- de alejar la silla de la mesa se ve obstaculizado, ya no tiene el libre movimiento de todos los días. ¿Qué pasó..?
Algo la sujeta, la inmoviliza, eso es seguro… Entonces, cuando se mira con más atención no se puede dar crédito a lo que pasa. Una serpenteante cadena –prolijamente forrada con un plástico incoloro- la tiene sujeta y limita sus movimientos hacia cualquier lado.
¡No puede ser! -“¡¡¡Joder!!!” diría un gallego-, pienso, mientras recorro velozmente con la mirada el resto de la redacción.
Todas las demás sillas están igual que la que ocupo habitualmente. Es una imagen muy fuerte, un símbolo de esclavitud, ya abolida por la Asamblea del año ‘13. Nunca –en las casi tres décadas de vida del diario- pasó algo tan absurdo. Da bronca, risa, impotencia… ¡qué se yo cuantas sensaciones más!
¿Es necesario esto para profundizar el estado de sometimiento al que se tiene a los trabajadores? Porque… ¿qué otra explicación puede uno darle a algo así? ¿No les basta con todo lo que hicieron para destruir la solidaridad, el compañerismo, el respeto entre los propios trabajadores –hoy desconfiando unos de otros-, construyendo, en cambio, el aislamiento, el individualismo y transformando al conjunto de compañeros en “entes” que solamente deambulan por el edificio?
Y sino basta repasar como se destruyó –sistemáticamente- la red que hasta que esta nueva conducción empresaria llegó a PUNTAL, contenía a todos:
* Condición “sine qua non”, ponerse la camiseta de la empresa sin chistar. Así la lealtad y la idoneidad profesional debían transformarse en total obsecuencia;
* Como eso no dio resultado, entonces llegó la aplicación de políticas discriminatorias –las primeras de una larga lista que hasta el día de hoy siguen ejecutando- a través de falsas recompensas económicas “extraordinarias” a los absolutamente incondicionales. No lo hicieron por ser generosos; a cambio, se debían entregar derechos convencionales que protegen –porque todavía existen, tienen vigencia y legalidad, mal que les pese- a todos, poniendo en riesgo al conjunto de los compañeros;
* Después fueron generando conflictos para fragmentar al conjunto de los trabajadores y ante la legítima defensa de los derechos colectivos de la organización sindical la respuesta fueron los despidos injustificados. Y pegaron donde más dolía: en aquellos que aún –a pesar de todo- hacían esfuerzos por sostener las banderas de la dignidad como trabajadores;
* No contentos con ello, fueron más allá, todavía… Violentaron los más elementales derechos sindicales de los trabajadores prohibiendo per sé las legítimas asambleas –las mismas que en los momentos más críticos de lucha en la primera década del diario, los anteriores propietarios respetaban, aunque seguramente no les gustaban- y castigando a quienes asistían –y cuidado con tener la osadía de participar activamente- a las mismas. Las recompensas “extraordinarias” corrían el riesgo de terminar abruptamente.
* Pero terminaron –en algún modo, en la etapa siguiente-, cuando presa de un profundo espíritu “paternalista”, el “patroncito” reunió a la peonada y les dijo –sin anestesia- que era necesario contribuir con una parte –nada más que una parte, no mucho- de su salario para ayudar a la empresa. Un par de peones se retobaron y poco después no se los vio más por estos pagos.
* Y para que sirviera de ejemplo para todos –y de escarmiento para el que osara desafiar el poder absoluto de “Luis XVI”- el ostracismo total para aquel descarrilado trabajador que por su condición de dirigente sindical –asumida con responsabilidad- se negara al sometimiento como cualquier hijo de vecino. “Esto mismo les pasará a ustedes si siguen su camino”, pareció decirles. Fue suficiente. ¿Seguro?
* ¡¡¡No..!!!, porque todavía se podía profundizar más el sometimiento y la explotación. Como aquel malvado rey de las fábulas infantiles, aumentó –indiscriminadamente, como las dietas de los políticos en Río Cuarto- los tributos a sus arcas. Entonces –y otra vez sin anestesia- les rapiñó a todos –obsecuentes, perdón, leales o no- la mitad del adicional por antigüedad.
* Cuando todos creían que esto era todo -¿hay más todavía? ¡¡¡Sí..!!!- colocó cámaras nada indiscretas por todos lados, no vaya a ser que haya cosas que sucedan y él ni se entere. Hay que controlar la posible sedición, ponerle un férreo límite a las ganas que tenga –todavía, si es que le queda- alguno de andar armando alguna conspiración por los pasillos o vaya a saber por donde. Ahora sí, nada más… ¿Nada más?
¡No señor, ahora las cadenas a las sillas para que ellas y nosotros, no nos movamos! Me pregunto: ¿no es este mismo buen hombre que anda por ahí diciendo que defiende la libertad de prensa..? Sí, tal cual. Pero no se confunda, él la tiene clara, es la de la empresa, no la de informar y ser informado libremente y que así lo hagan los trabajadores de prensa que de él depende y que por gracia suya y no del Espíritu Santo, ellos –y sus familias- tienen la gracia de recibir el sustento diario.
¡¡¡Ah, pero no me agarran sin perro otra vez!!! Seguro que algo más vendrá en el futuro. Y hablando de canes, me disculpo públicamente por involucrarlos y comprometerlos en este zafarrancho del terror laboral. No puedo evitar la tentación de traer a este relato aquella frase popular –con adaptación literaria, si se me permite- “… Cuanto más conozco a mis patrones, más quiero a mi perro”.
Entonces escucho el repiqueteo sobre el piso de las patitas de la mascota de mi hija, el “Paquito” que me mira profundamente y hasta parece decirme –como si estuviera al tanto de esta loca historia- “...¡Que lo parió, Angelito...!” y se vuelve tranquilo a su cucha.
(*) Periodista de diario Puntal - Secretario Gremial del Cispren-Río Cuarto.
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